lunes, 11 de junio de 2012

La frivolidad y la grandeza del quehacer filosófico (II)


El respiro de la inteligencia: la construcción de un nuevo quehacer

 «Vanidad de vanidades, todo es vanidad»
Eclesiastés 1:2

La escritora Yazmina Reza en su libro En el trineo de Shopenhauer nos advierte que: “la frivolidad es una respiración de la inteligencia; es el oxígeno de la mente”.  Esta consideración plantea algo que contradice lo que habíamos señalado en la reflexión anterior. Se señala entonces que la actitud reflexiva e intelectual del filósofo no lo hace ser una persona frívola, por el contrario, Reza nos indica que éste necesita serlo. Esta escritora expresa que la frivolidad  procede de la adquisición y el disfrute efímero de las cosas materiales, pero además, que ésta es un remedio para el afán del intelecto que es controlador e imparable, y por lo tanto, dañino. De modo que esta idea evidentemente se relaciona con la asunción de que alguien es frívolo cuando asume problemas o situaciones de forma superficial o infundada.

En su libro, esta escritora nos describe como Ariel Chipman, profesor de filosofía, tras haberse consagrado por más de treinta años al saber, cae en una terrible crisis, una terrible depresión. Es entonces cuando Chipman se pregunta: “por qué truco de magia un cerebro espera lo que es incapaz de recibir, un cerebro que durante treinta años, servilmente y como loro, ha consolidado un templo donde nadie delira, ni llora, ni se pierde, un cerebro blindado digamos contra la debilidad, nos dejamos embaucar por maestros, hacemos progresos en los laberintos creyendo que se trata de la felicidad del espíritu, hasta el día en que de repente nada se sostiene”. De esta manera Reza hace una crítica sobre cómo el filósofo determina su existencia y el conocimiento de la vida únicamente a través de una actitud reflexiva y de las pautas o explicaciones que ésta propicia. Y es así como llega la desafiante pregunta: ¿Es la filosofía la única manera de encontrarle sentido a la vida? (considerando que la filosofía sólo implica una actividad meramente intelectiva). Chipman nos advierte: “Digan lo que digan, Spinoza no ayudó demasiado a mi maestro Deleuze cuando éste se tiró por la ventana, ni a mi maestro Althusser cuando estranguló a su mujer antes de ornarla con un trozo de cortina roja”. Por tanto, este libro nos permite cuestionarnos sobre lo peligroso que puede ser llevar la vida sólo desde un punto de vista intelectual. El peligro de sumergirnos en la soledad, sufrirla y sólo intentar entenderla y vivirla mediante razonamientos y profundas reflexiones. 

No obstante, al leer este libro sucedió algo que me hizo sentir inconforme. Éste nos plantea algo sobre lo que ya se ha escrito mucho y se ha comentado hasta el cansancio: no hay ningún conocimiento ni discurso completo, último y asequible que nos de los elementos suficientes tanto para entender la realidad como para controlar cada situación o cada sentimiento. Hemos admitido muchas veces que los filósofos solemos apartarnos del mundo y de los otros a precio de algo más noble y auténtico: el saber y la búsqueda de la verdad. Todos nos hemos reído con la famosa anécdota de Tales cayéndose por estar contemplando las estrellas. Anécdota muy conocida tanto por los filósofos como los no filósofos. Pero si el chiste que se cuenta dos veces deja de tener gracia, el que se cuenta mil veces más ya ni sentido tiene. Sin embargo, me parece conveniente cuestionarnos sobre la frivolidad como remedio a los males del intelecto considerando lo que se señaló en la reflexión anterior. Así pues, surgen inevitablemente varias preguntas: ¿no habíamos reconocido tantas veces lo pernicioso de la frivolidad?, ¿qué tanto mal puede provocar?, ¿no era desde el principio uno de nuestros peores enemigos a vencer?, ¿las maneras en que hemos intentado combatirla habrán sido las correctas?, ¿hasta qué punto sería pertinente ser frívolos? Tal vez se siguen y se seguirán planteando tantas preguntas por ese afán controlador del intelecto que nunca cesa, que quiere y siente que siempre puede hallar no sólo algo nuevo sino lo mejor.

Por otra parte, creo que sabemos muy bien que hay discursos e ideas que hacen lucir bien; claro, unos mejor que otros. Quizás por ello nos inclinamos a identificarnos con ciertas representaciones sobre nosotros. Sabemos que la popularidad  y el seguimiento de ciertas ideas o pensamientos se determina en ocasiones por sus virtudes, pero también por la fama y el reconocimiento que tienen, y que no siempre está ligado a su pertinencia o su valor. De alguna forma, los filósofos tratamos de refinar nuestro gusto intelectual estudiando o siguiendo a autores o ideas que son aceptadas y enaltecidas en distintos grupos sociales, tanto en el ámbito filosófico como el no filosófico. También creo que nos es evidente que en muchas ocasiones ciertos saberes o posturas intelectuales nos brindan o propician placeres efímeros, y placeres que útilmente nos controlan o controlan a los demás. Es por todo esto que ahora pienso que el escaparate de zapatos que describe Reza como respiro de la inteligencia no es tan diferente a un escaparate de ideas, discursos o razones.

Ahora bien, como se señaló en la primera reflexión, el curso partió del supuesto de una crisis en la imagen del filósofo. Puede ser que esta crisis esté a la par de una crisis sobre el quehacer del filosofo, de su carácter solitario y a este afán del intelecto imparable, y en ocasiones, frívolo. También es posible que los males del intelecto surgen del seguimiento de esa actitud seria e implacable. Pese a que nos guste y nos identifiquemos con la imagen de hombres solitarios y perseverantes en la búsqueda de conocimiento, es necesario que reconozcamos que esto nos hace en ocasiones peligrosamente inalcanzables para los demás e incluso para nosotros mismos, pues como bien detecta Reza, siempre llega el día en que esto se desmorona, pues el mundo no sólo responde a ideas y razones. Creo que un proyecto como el que realizamos en el marco del curso de Problemas de Historia de la Filosofía puede producir nuevas posturas sobre nuestra actividad, y así suscitar respuestas sobre la crisis de la que partimos. Asimismo, concluimos que el objetivo del curso se cumplió a pesar de que hubieron muchos detalles que se pudieron desarrollar de mejor manera, pero aún así creo que trazó un importante camino que se desvincula de ese carácter solitario, serio y frívolo que a veces tiene nuestra actividad filosófica.



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